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¡Bienvenid@ a mi blog!

Cartas a quien corresponda

Be yourself; Everyone else is already taken.

— Oscar Wilde.

Como primera publicación es más que justo decirle que quizá ame alguna de mis cartas, quizá también se sienta identificado conmigo en algún momento de su vida o simplemente, mientras estaba leyendo, se le vino a la mente un «aquel» y considera pertinente compartir algunos fragmentos a quien corresponda. Por otro lado, puede también que usted llegue a odiar como escribo, mi carga emocional o simplemente no esté de acuerdo con mis párrafos y prefiera acceder a otro blog que se acomode más a lo que usted quiere leer. Los dos escenarios son completamente respetables. Aún así, quiero que conozca un poco más de lo que soy y de lo que amo: letras y más letras. Cartas a quien corresponda es un cúmulo de sentires, de ires y venires, un espejo de lo que soy, lo que veo, lo que toco y lo que vivo. Bienvenid@ a mi blog.

A contraluz

Mentiría si digo que nunca lo encontré en mis sueños, incluso mentiría si no acepto que mientras divagaba en mis pensamientos, él aparecía como una ilusión de esas que uno nunca quisiera que se esfumara, mi imaginación trataba de encajar cada pieza faltante de su cara, de sus ojos, de sus manos; sus manos que un día detallé y que nunca pude sacar de mi cabeza, de su espalda; su espalda que evocaba la masculinidad que transmitía solo con tenerlo cerca. 

Pero sobretodo era imposible resistirse ante lo indescifrable que resultaba a mis ojos, ese misterio que habitaba en él, ese silencio que podía decir todo y nada al mismo tiempo, ese enigma que despertaba mi curiosidad y me transportaba a todo lo que moría por conocer.

Su mirada lograba intimidar a cualquiera, quizá él ni lo sospechaba pero así era, así era conmigo por lo menos. Podía sumergirme una y otra vez en ese universo paralelo en el que fácilmente me abatía tan solo con la energía que emanaba, y esa era su mayor habilidad: desatar fantasías en mi, en medio de palabras, de letras, de poesía, de arte, entre lo correcto y lo incorrecto, siempre con su silueta a contraluz.

Cuando mis ojos se clavaban en él, el tiempo corría más despacio, mi mirada jugaba a ser una cámara lenta que enfocaba perfectamente el detalle. Fácilmente lograba retratar el contraste perfecto entre su luz y su oscuridad, en medio del silencio incrédulo de mi mente que se resistía a una caída libre, esas caídas que, una vez más, solo habitan en la imaginación y que opté por resolver de la única manera en la que lo podría hacer: parpadeando. 

Después de ti.

Para serte honesta, creo que le llevo huyendo a este sentimiento por mucho tiempo, un sentimiento que tal vez me hace más frágil, más vulnerable, menos de lo que planeo ser hoy.

Y es que es tan difícil mirar hacia atrás como lo he venido haciendo estos días, es tan complejo cerrar los ojos y ver tu cara frente a mi de nuevo ese 18 de Marzo, estirando tu mano, diciendo tu nombre, sonriendo, cambiando para siempre mi vida. Recuerdo que te repetí hasta el cansancio que nunca imaginé el giro que todo estaba a punto de dar.

Y quedó ahí, en mi memoria, todo quedó en fotos, en videos, en recuerdos, en sonrisas pero también en muchas lágrimas, lágrimas que siempre se pudieron evitar, caminos que se pudieron no cruzar, estaciones que pude no vivir contigo, muros que se pudieron construir en concreto en vez de cristal, rutas que caminé descalza por ti y que tal vez no tenían que llevarme hasta Roma.

Algún día, me juré no arrepentirme de un solo segundo a tu lado, mi corazón siempre decía que no querría cambiar nada de nuestra historia, mi boca también lo profesó, y sabes? Aún, ante esta infinita ausencia premeditada no lo haría porque me enseñaste acerca de mi poder, de mi inmensa capacidad de amar apesar de las circunstancias, me enseñaste a quedarme con lo bueno aunque en su momento parecía no haberlo, reforzando nuestras teorías para no evitar lo inevitable.

Hoy, al frente de esta pantalla, mis lágrimas no me dejan ver con tanta claridad, el estómago se me revuelve, al corazón se le desatan todos los nudos con los que lo sujeté desde que te fuiste.

Y no, después de eso, EL AMOR AÚN NO SE ACABA.

Roma a ti

Juntos, ellos dos eran una bomba de tiempo. Una bomba de tiempo que todo el mundo esperaba que detonara, que cuando lo hacía podía destruir kilómetros enteros.

Ellos también eran amor, un mar de emociones; de esos amores que ya no se encuentran, de esas conexiones infinitas que se comunican solo con miradas, con gestos, con caricias. Un amor que desea ser eterno, al estilo de los viejos tiempos, de los que rompen cadenas, ataduras y sobrepasan límites y fronteras.

Y es que sus cicatrices eran cada día el motor de ese amor, esa necesidad de curar heridas abiertas y borrar las que ya habitaban en su piel, las que habían sido marcadas por su pasado pero que hoy, empezaban a desaparecer, o por lo menos era lo que querían creer acerca del poder de este sentimiento que apareció sin preguntar.

Ese amor llegó para quedarse. Ese amor no avisó, no fue previsto, no dio el mínimo atisbo, y tal vez fue por eso mismo que era un fenómeno que se desbordaba, que se salió del control absoluto pero que con el tiempo se convirtió en omnipresente e indeleble.

Ellos eran tan ellos que también eran uno solo, uno solo que arrasaba a su paso, uno solo construido por dos, dos que eran más fuertes que un precioso diamante, tan precioso como el amor que se profesaban, tan perfectamente imperfectos como para ser el uno para el otro.

Hoy que estás lejos amor, hoy sería la parte que te hace falta, incluso si es para detonar todo a nuestro alrededor, hoy cruzaría límites y fronteras, hoy secaría tus lágrimas y limpiaría tus heridas, hoy repetiría cada parte de nuestra historia y me sorprendería con tu llegada, hoy sería más fuerte, tal vez menos imperfecta… hoy caminaría hasta la mismísima Roma con los pies descalzos por ti.

Muros de cristal

Para ser honesta, alguna vez creí que todos llegamos a un punto de la vida donde lo nuevo deja de suceder, donde las sensaciones son las mismas, donde lo cotidiano es el mar en el que nos podríamos ahogar a diario, hasta que llega alguien que de verdad te roba el aliento.


Estaba segura que algo en su mirada tenía un imán que no solo impedía que dejara de verlo, sino también me hacía conectar de manera tan genuina con su alma que me fue imposible dejarlo pasar. Un ser con una que otra cicatriz más visible que las demás, mismas que ante mis ojos y desde el primer momento en que lo vi, decoraban un corazón que daba a manos llenas pero que aún desconocía lo que merecía recibir.

En ese punto de la historia, él se había robado hasta el último de mis suspiros. Era algo que ya estaba escrito en cada hoja de ese libro que nos faltaba incluso por abrir pero que ya el destino tenía pactado de tiempo atrás. Lo superficial, lo que se percibe a simple vista, capturó inmediatamente mi atención: sus labios tan rosados, el color mágico de sus ojos que aclaran su acaramelado iris ante cualquier contacto con alguna lágrima que se avecinara, sus facciones finas y contundentes, su piel tan digna de todos los besos que le quería dar.


Bastó con el primer contacto de su cuerpo con el mío para saber que el era mi lugar seguro y al mismo tiempo, el fuego que encendía mis mas bajas pasiones. Su cadera que se convirtió en el principio de mi fin, en el cauce de mi río que se desbordaba ante su mirada atónita. Las charlas posteriores a nuestros encuentros fueron alimentando lo inevitable: una adicción en la que definitivamente estaba dispuesta a caer.


Sus manos sobre mi cuerpo eran la mas bella obra de arte, su pecho el mejor lugar para refugiarme, su felicidad como mi propósito de vida, su vida como la firme creencia en la existencia del amor.


Él, él se había convertido en mi motivo, en mi razón, en mi causa, en mi consecuencia, en el argumento, y en todo aquello que ni en mis mejores sueños hubiese sucedido jamás.

Estaciones contigo

Y si tuviera que describir lo que él significa en mi vida, no dudaría ni por un instante en decir que es como una refrescante lluvia en una ola de verano, pero luego trato de entender, cómo su amor indeleble podría compararse con una simple lluvia y concluyo que es también, y al mismo tiempo, una incandescente fogata en medio del más frío de los otoños.

Y es que llegó así, sin previo aviso, undívago por si mismo, arrollando lo que iba a su paso, incluyendo con eso a mi corazón, un corazón que en vez de ser lastimado con las consecuencias que podría dejar un maremoto; fue cobijado, protegido, construido en constantes procesos de sanación, aún en medio de cualquier tormenta alrededor.

Y fueron sus ojos mi motor, fueron calma, fueron paz, fueron aquello que me hizo sentir viva de nuevo, lo que me dio un sacudón mirífico de luz en medio de la oscuridad. Y fueron sus pupilas el mejor espejo que conducía vía directa a su alma infinita y coruscante, el remanso de la mía, la fuente de este inagotable palpitar por el que ahora yo respiraba. Fueron sus manos, sus fuertes manos, las que albergaban la devoción de mis besos, incluso de los más impertinentes besos en tiempos de guerra donde quizá éramos refugio el uno para el otro, donde éramos trinchera esperando en calma, conquistar el mundo en el que si somos oportunos, en el que por un instante, el tiempo se detiene ante el aturdidor ruido de la gente, para ser solo uno en la intimidad de nuestras palabras, de nuestros pensamientos, de nuestro propio universo, para así, descansar en el sosiego de esta, mi más linda casualidad.

Destino

Acostúmbrate, era lo que me decías cuando llegaste a mi vida y yo sin temor me lancé de tu mano, a ese vacío, sin siquiera pensar en como caería allá abajo, sin pensar en que luego no hallaría la forma para desacostumbrarme.

Y es que entraste en mi como una ráfaga de fuego, como el designio del destino que ya estaba escrito, como la mejor de las respuestas a muchas preguntas que solo la luna escuchó una noche fría, como una preciosa perla en el más inmenso mar.

Así fue como jugué a pensar que el universo había dispuesto los tiempos a la perfección, me sumergí en tu mirada, me refugié en el calor de tus brazos y amé cada linda causalidad en la que los planetas se alineaban para verte. Tal vez sea preciso aclarar que nunca se trató de haber vivido contigo una o mil eternidades, siempre fueron las imparables risas, nuestra complicidad, tus caricias, la música como nuestro mejor lenguaje, la paz que llegué a encontrar en tus besos, ese lugar donde pude ser simplemente yo, ese lugar en donde siempre quise estar.

Y fue así mismo como ese destino del que tú y yo hablábamos tanto, logró desalinear los planetas, hizo volver el frío, me hizo dudar de la perfección de los tiempos, e incluso del destino mismo. ¿O acaso fuimos nosotros mismos los que nos resistimos a aquello que estaba escrito y decidimos terminar algo que nunca empezó? No se tú, pero yo me quedé sin encontrar la respuesta del por qué la vida te había vuelto a poner en mi camino. Quedaron tantas palabras por decir, tantas canciones sin dedicar, tantos abrazos que dar, muchos besos que regalarte y un millón de dudas por tu silencio que se convirtió en la canción más larga que hayas podido alguna vez cantar, que se convirtió en la banda sonora de ese vacío al que me lancé contigo pero en el que tu ya no estás.

Hoy, hoy es el último día que trato de entender tu silencio…

Sensaciones

He aprendido que en ocasiones, es un error dar por sentado aquello que crees saber. A veces simplemente no se trata de tu vasto conocimiento y de títulos de experto, sino de cada detalle con el que la situación se pone al frente para que la vivas.

Y así fue, justo así se comenzaba a derrumbar ante mis ojos aquello que por una larga temporada llegué a construir. Tal vez en arrogancia o quizá en tanta confianza: un castillo que nunca fue lo suficientemente fuerte como para mantenerse firme y en vez de eso, arena que se mojaba con un agua tan fresca a la que no hubiese podido culpar por hacer desastres.

Ahí estábamos, ella y yo de frente culpándonos mutuamente por estar en ese mismo lugar, ese lugar que tanto las dos queríamos pero que ninguna lograba conquistar por completo. Un lugar cómodo, apacible, lleno de aromas conocidos, de sensaciones fascinantes, un lugar al que a nuestros ojos, no debimos haber entrado. ¿Podría acaso ser tan egoísta como para no haberme dado cuenta que quizás ella si se sentía a gusto en esa posición? Quizá no estaba segura del todo y por eso en mi afán de controlar hasta lo incontrolable, no le había permitido ser eso que a ella tanto le gustaba.

Si de algo estaba segura es que había estado encontrando respuestas a preguntas que aún no me había hecho y eso, dentro de todo me hacía sentir muy bien. Empezaba a permitirme ver a través de una pequeña hendidura que había en la inmensa pared, aún guardando la distancia prudente de todo aquel prevenido por excelencia.

De tu alma y la mía

Ya habrán pasado un poco más de cinco años desde la primera vez que lo vi. Es prudente decir que a pesar del paso de los meses y de la distancia, nunca supe definir exactamente mis sentimientos hacia él, es la hora en la que no logro hacerlo. Aún en su ausencia, no me faltaba el aire, no enloquecía por verlo, no sentía ansiedad de tenerlo cerca, tampoco me atormentaba el hecho de saber cuándo se daría nuestro próximo encuentro. A la única conclusión que pude llegar con certeza es que de lo que sea que nuestras almas estuvieran hechas, la de él y la mía eran fielmente hechas de lo mismo. Me había enseñado a no atar con cadenas a quién quieres con libertad, a estar bien conmigo misma sin miedo a lo que los demás pudieran pensar, irónicamente me mostró quién era él por dentro y lo parecidos que resultamos ser cuando me invitó a explorarme a mí misma. Sus demonios y los míos, si que se llevaban muy bien.

Siempre alimentó mi ego, y yo no dudé ni un instante en hacer lo mismo por él. Podíamos ser juntos una enfermedad sin cura, una enfermedad que no estaba en búsqueda de ser revelada ni mucho menos combatida. Éramos todo aquello que se salía de lo cotidiano, todo aquello que estaba mal pero que en sí, se sentía bien. En nuestro desconocimiento de la situación, de lo que realmente era, del propósito que tenía (si es que había alguno) disfrutamos cada segundo como si fuera miel, como si el éxtasis del momento nunca fuera suficiente, como si no quisiéramos arriesgarnos a qué no existiera el mañana. Y así pasó el tiempo, así creció la imposibilidad de ser quienes siempre habíamos sido, de quién él me había enseñado a ser. Los kilómetros, los días y la vida misma trataron de llevarse su esencia, trataron de desaparecer aquello de lo que siempre tenía sed, como ese trozo de chocolate que al tenerlo lejos no haría falta, pero cerca sería la más grande obsesión. Eso era, un simple pedazo de chocolate amargo que sin temor, alguna vez me atreví a morder.

Y luego vuelvo a lo mismo una y otra vez: ¿qué es exactamente? ¿por qué no se parece a todo lo demás?. Quizá una vez concluya el capítulo y se cierre ese libro, habrán respuestas incluso para las preguntas que no se formularon jamás.

À ta santé, mon amour

Amarte es de las cosas que no me cansaría de hacer así pasara el tiempo.

Y hoy brindaría mirándote a los ojos por tantos momentos, por tanta dulzura, por tantas verdades y quizá también por el dolor, porque sin el no seríamos los que somos hoy.

À ta santé… adentrandome en tu mirada penetrante, en tu amor profundo, en tu enorme nobleza, en lo encantador que eres, en como enamoras con cada paso que das, en tu respirar.

À ta santé… por hacerme más madura, por enseñarme a querer, por hacer de mi sentimiento algo más real, algo más tangible, algo más natural, algo más humano.

À ta santé… por lo que fueron nuestros sueños juntos, por los planes, por todo lo que quedó en nuestro imaginario y por todo aquello que vendrá.

À ta santé… por no ausentarte de mi vida, por tu perdón, por tu incondicionalidad, por volver a mi camino.

À ta santé… por hacer que los latidos de mi corazón tengan la misma intensidad cuando te veo, por la reacción de mi cuerpo al tenerte cerca, por lo que produce cada beso y cada caricia.

À ta santé… por nuestra complicidad, por nuestros juegos, nuestras risas, por las cosas que solo los dos entenderíamos, por el juego de miradas, por nuestra locura, por lo que somos cuando estamos juntos.

À ta santé… por tu momentos de irritabilidad, por tus celos, por tu inseguridad, por querer que nadie me lastime, por tu independencia, por tu fragilidad, por los instantes en los que no estás conmigo.

Salud por ti!

Lo que sus palabras no decían

Muchas veces la escuché mencionar que siempre eran las mismas horas, los mismos besos de un encuentro casual que la fragilidad de su corazón no anhelaba compartir. 

Ella sabía que a su lado no era tan audaz; ese era el lugar de él, en la posición en la que mejor sabía jugar. 

Su bipolaridad era como ver la luz fijamente después de haber permanecido en una zona oscura donde no existe la más mínima posibilidad de destellos. 

Quizá buscaba lo que seguramente no iba a encontrar… 

Cada día era como un juego de ruleta, viendo que opción le tocaría esta vez. 

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