He aprendido que en ocasiones, es un error dar por sentado aquello que crees saber. A veces simplemente no se trata de tu vasto conocimiento y de títulos de experto, sino de cada detalle con el que la situación se pone al frente para que la vivas.
Y así fue, justo así se comenzaba a derrumbar ante mis ojos aquello que por una larga temporada llegué a construir. Tal vez en arrogancia o quizá en tanta confianza: un castillo que nunca fue lo suficientemente fuerte como para mantenerse firme y en vez de eso, arena que se mojaba con un agua tan fresca a la que no hubiese podido culpar por hacer desastres.
Ahí estábamos, ella y yo de frente culpándonos mutuamente por estar en ese mismo lugar, ese lugar que tanto las dos queríamos pero que ninguna lograba conquistar por completo. Un lugar cómodo, apacible, lleno de aromas conocidos, de sensaciones fascinantes, un lugar al que a nuestros ojos, no debimos haber entrado. ¿Podría acaso ser tan egoísta como para no haberme dado cuenta que quizás ella si se sentía a gusto en esa posición? Quizá no estaba segura del todo y por eso en mi afán de controlar hasta lo incontrolable, no le había permitido ser eso que a ella tanto le gustaba.
Si de algo estaba segura es que había estado encontrando respuestas a preguntas que aún no me había hecho y eso, dentro de todo me hacía sentir muy bien. Empezaba a permitirme ver a través de una pequeña hendidura que había en la inmensa pared, aún guardando la distancia prudente de todo aquel prevenido por excelencia.