Y si tuviera que describir lo que él significa en mi vida, no dudaría ni por un instante en decir que es como una refrescante lluvia en una ola de verano, pero luego trato de entender, cómo su amor indeleble podría compararse con una simple lluvia y concluyo que es también, y al mismo tiempo, una incandescente fogata en medio del más frío de los otoños.
Y es que llegó así, sin previo aviso, undívago por si mismo, arrollando lo que iba a su paso, incluyendo con eso a mi corazón, un corazón que en vez de ser lastimado con las consecuencias que podría dejar un maremoto; fue cobijado, protegido, construido en constantes procesos de sanación, aún en medio de cualquier tormenta alrededor.
Y fueron sus ojos mi motor, fueron calma, fueron paz, fueron aquello que me hizo sentir viva de nuevo, lo que me dio un sacudón mirífico de luz en medio de la oscuridad. Y fueron sus pupilas el mejor espejo que conducía vía directa a su alma infinita y coruscante, el remanso de la mía, la fuente de este inagotable palpitar por el que ahora yo respiraba. Fueron sus manos, sus fuertes manos, las que albergaban la devoción de mis besos, incluso de los más impertinentes besos en tiempos de guerra donde quizá éramos refugio el uno para el otro, donde éramos trinchera esperando en calma, conquistar el mundo en el que si somos oportunos, en el que por un instante, el tiempo se detiene ante el aturdidor ruido de la gente, para ser solo uno en la intimidad de nuestras palabras, de nuestros pensamientos, de nuestro propio universo, para así, descansar en el sosiego de esta, mi más linda casualidad.