Acostúmbrate, era lo que me decías cuando llegaste a mi vida y yo sin temor me lancé de tu mano, a ese vacío, sin siquiera pensar en como caería allá abajo, sin pensar en que luego no hallaría la forma para desacostumbrarme.
Y es que entraste en mi como una ráfaga de fuego, como el designio del destino que ya estaba escrito, como la mejor de las respuestas a muchas preguntas que solo la luna escuchó una noche fría, como una preciosa perla en el más inmenso mar.
Así fue como jugué a pensar que el universo había dispuesto los tiempos a la perfección, me sumergí en tu mirada, me refugié en el calor de tus brazos y amé cada linda causalidad en la que los planetas se alineaban para verte. Tal vez sea preciso aclarar que nunca se trató de haber vivido contigo una o mil eternidades, siempre fueron las imparables risas, nuestra complicidad, tus caricias, la música como nuestro mejor lenguaje, la paz que llegué a encontrar en tus besos, ese lugar donde pude ser simplemente yo, ese lugar en donde siempre quise estar.
Y fue así mismo como ese destino del que tú y yo hablábamos tanto, logró desalinear los planetas, hizo volver el frío, me hizo dudar de la perfección de los tiempos, e incluso del destino mismo. ¿O acaso fuimos nosotros mismos los que nos resistimos a aquello que estaba escrito y decidimos terminar algo que nunca empezó? No se tú, pero yo me quedé sin encontrar la respuesta del por qué la vida te había vuelto a poner en mi camino. Quedaron tantas palabras por decir, tantas canciones sin dedicar, tantos abrazos que dar, muchos besos que regalarte y un millón de dudas por tu silencio que se convirtió en la canción más larga que hayas podido alguna vez cantar, que se convirtió en la banda sonora de ese vacío al que me lancé contigo pero en el que tu ya no estás.
Hoy, hoy es el último día que trato de entender tu silencio…