En ocasiones te pones a analizar hace cuanto tiempo no habías sentido la necesidad de hacer algo especial, algo que no experimentabas desde hace mucho tiempo, algo que sin duda alguna te desahoga, te hace libre, te calma por momentos.
Eso significaba para mi escribir y es escribir justo en ese momento de soledad, en ese instante en el que hasta las paredes serían un buen lienzo. Es sentir que cada una de las letras producidas de cualquier tinta, en cualquier hoja te va a permitir sentir menos o más (según sea el caso) de eso que no cabe en tu pecho y te hace palpitar el corazón a toda marcha.
Aquel día ese sentimiento era miedo. Ese miedo que no sentía hace mucho tiempo, ese miedo del que ya había olvidado como se percibe, ese miedo que no pensé iba a volver a sentir tan rápido.
Esas ganas inmensas de llorar se apoderaban de mi, pero el saber que no era apropiado hacía de este momento cada vez más angustiante. Hace ya algunos años lo veía, con esos ojos del que sabe que jamás podría existir siquiera una oportunidad, los mismos que le ponen un altar a esa mirada, a ese cuerpo, a esa sensualidad de la que el otro desconoce que posee.
Así fueron muchos años, días de verlo pasar sin siquiera ser capaz de pronunciar una sola palabra. Esa sensación inagotable del gusto por alguien, una atracción desenfrenada pero en silencio.
Y fue justo allí, en el momento de mayor debilidad, en el lugar menos esperado para un corazón que recién cicatrizaba. Por azares del destino apareció ese ángel, ese ángel que parece más demonio que un ser celestial. Ese hombre con el que había fantaseado durante tanto. El mismo que provocaba pecar, hacer todo lo equivocado y lo prohibido, de perder los estribos, de eliminar los límites, incluso de entregar por completo el corazón.
Casi como un sueño que parecía convertirse en realidad pero con ciertas condiciones que de momento y por algunas semanas, llamaron mi atención. Tenerlo en frente, así como siempre lo había imaginado y aún mejor: despojarse de un compromiso que implicara ataduras, temores y descubriendo al fin partes de mi que desconocía hasta ese instante: un pecado terrenal.
Sentir su olor tan de cerca, ver fijamente sus enormes ojos, tocar su piel, percibir su respiración. Esa insaciable y fatal seducción que poco a poco iba necesitando con mayor intensidad. El reto de no sentir nada parecía sencillo y en el acontecer de este loco pero divertido juego, las reglas se me fueron olvidando.
Los besos, las caricias, cada instante y palabra se convertía en algo inesperado. De momento las sonrisas se apoderaban de mi rostro frente al celular o al ordenador. Su sentido del humor, su particular forma de hacerme reír, su manía de sorprenderme y en ocasiones de asustarme para que sintiera que era él quién debía protegerme. Los planes sin acordar, las llamadas, los mensajes, la felicidad que llegaran ciertos días para verlo aparecer en el fondo de la oscuridad y del que era nuestro secreto.
Mentiras dichas para poder verlo en horas que quizá no eran apropiadas, el riesgo, la adrenalina de sentirme entre sus brazos sin que nadie conociera de detalles.
Mi tranquilidad se había convertido en hablar con él al finalizar cada día y mi corazón no pudo estar más expuesto en ese momento en el que el cariño o amor, solían ser una enfermedad y no una cura.
Los insomnios en las madrugadas y el insoportable sueño en las tardes ya empezaban a dar razón de lo que aún no me quería dar cuenta. Mis ganas de verlo parecían incrementar y su ausencia comenzaba a incomodarme.
Y así cuando ya se cumplían un par de meses de sentirlo parte de mi, el anhelo de amarlo cada uno de los días de mi vida, no tuvo reversa. Las palabras o títulos comenzaban a hacer falta, las caricias fueron el lenguaje vivo de este tórrido «romance» pero el verdadero dilema era haber perdido la noción de lo que se suponía era una simple aventura.
Los celos, las ansias pronto volvieron a mi. De nuevo demonios internos que me hacen una mujer con ciertos tintes posesivos y de locura cuando del amor se trata…
ESTABA PERDIDAMENTE ENAMORADA DE ÉL.