Fragmento de un manual perdido

El amor es una decisión de dos, una decisión en la cual la pareja toma el riesgo de lanzarse al vacío pero juntos, con pleno conocimiento que si sus actos no llegasen a ser los correctos, alguno permanecerá en lo más profundo del agujero, perdiendo la posibilidad de ser feliz.

¿Y qué hay del otro? El otro quedará vacío y será fuertemente lastimado, tanto, que existe la posibilidad que ya no quiera creer en el amor ni experimentar lo que este ofrece. Por el contrario, querrá lastimar de la misma manera en la que fue herido. Y es que herir, nunca debería ser la opción.

La última opción cuando sientes amor es desaprovecharlo y no ser lo suficientemente valiente para sentirlo. Quizá más adelante quién no lo hizo, se arrepienta de haber dejado pasar tal oportunidad.

Una relación merece de la seguridad completa de los implicados, de examinar y saber qué tan grande es lo que se siente por el otro. Si es lo suficientemente grande, de seguro valdrá la pena atreverse a que el cuerpo se deje llevar y llegue a amar. Un proceso que se alimenta de las vivencias, las dificultades, el respeto y la incondicionalidad.

Si en cambio, el sentimiento no llegara a ser tan grande, esa persona deberá dejar ir para que juntos puedan encontrar a alguien más y recibir todo aquello que merecen sentir junto a la persona correcta.

Pero si quieres de verdad, ¿por qué no arriesgarse? Lanzarse al abismo con la seguridad de amar y ser amado es bastante osado para muchos. Ser fiel y leal es muy aburrido para otros.

Encontrar y elegir a la persona que estará a tu lado, siempre debe dar como resultado una pareja de la cual sentirse afortunado todos los días, a la cuál demostrarle a solas y frente a todos, el honor mutuo que consideran es caminar juntos tomados de la mano.

Y ama, nunca tengas miedo de amar con locura, porque lo hagas o no, la vida te enseñará que a veces también se trata de saber perder y aprender.

Todos los días. ¡Siempre!

Todos los días de tu vida deberías querer como si no existiera mañana, entrégale al otro sin límites y reservas, siempre con el corazón nuevo. Verle dormir, contemplarle, contarle tus miedos, que así mismo te confíe los suyos. Sentir que nació para ti, que desaparece el mundo entero cuando estás a su lado.

Si algún día, por azares del destino esa persona se va de tu vida, sabrás que dejaste impregnado en su corazón, la esencia del amor más lindo que pudiste haber entregado alguna vez. Sentir que lo diste todo, aunque quizá el tiempo no te haya permitido brindarlo.

Así que más libre te hará amar, que resistirte al encanto del amor.

Madrugadas

Ese incómodo día de lluvia, las gotas caen tan cerca de ti que puedes oír como golpean contra el suelo, ese mismo día que buscas desempolvar los libros que con los años olvidaste.

Estás allí, en la habitación, tú tan fría como siempre pero con leves intenciones de volver a sonreír. Tal vez de la misma forma como cuando escuchabas esos cuentos que nunca más te volvieron a leer.

Ahora no buscas historias de hadas, solo pretendes encontrar esa hoja del libro que perdiste. La hoja que necesitas para acomodar tu propia historia con todo lo que el tiempo te trajo de más.

Tus suaves gotas saladas

En ocasiones veo tu cara de cansancio, tu cara que muestra lo mucho que has estado atareada buscando aquello que parece imposible de encontrar. Otros días, veo tus gestos de mujer independiente, madura y libre; y sé que así muchos quieran adentrarse en tu mundo que parece lleno de rosas, lleno de alelíes, colmado de sonrisas y de una imagen de fémina perfecta, sólo el que entra a un noble corazón como el tuyo, conoce de tus lágrimas de ausencias pero también de esperanzas.

Puede que al levantar tu mirada hacia las montañas cada mañana, no encuentres aún el caballo ni el príncipe, ni tanta palabrería de los cuentos de hadas.

Que en vez de arcoiris veas lluvias, que en la noche cuando la luna es protagonista del cielo solo encuentres frío, que aún no lleguen a rescatarte de tu castillo, del que muchas veces te sientes presa, con espadas y escudos.

Hay un llanto que vale oro, hay suspiros que pueden comprar universos, hay tristezas que tienen la fuerza de construir nuevos caminos, y junto a eso, también hay unas pocas princesas que no le temen al dolor…

No son princesas que tienen reinos, mucho menos las que son atendidas por la servidumbre, tampoco las deleitadas en vajillas y cristales, no de esas princesas que ya tienen la sonrisa comprada… son pocas de esas princesas reales. Las mismas que luchan incansablemente, de las que viven, de las que pierden, pero también de las que se secan las lágrimas y se levantan: así como tú.

Acércate

Pinta el blanco y negro, permíteme imaginar lo inimaginable, déjame jugar con tu mente, hacer magia en tanta realidad. Arriésgate conmigo a sentir de esa adrenalina que hace cosquillas en tu cuerpo, acércate un poco nada más…

Solo lo suficiente para no estar tan lejos pero no tan cerca para que no queme. Mírame fijamente, finge amor y calla para una próxima ocasión. Disfruta de esta fantasía, de la misma que solo disfrutan aquellos que descubren que están hechos de lo mismo. Pero dame un momento, detente un segundo… no tan cerca para que no queme.

Tus pasos

Y pasa que a veces llega una persona que te roba el aliento, que te impulsa las ganas. Viene y te atrapa lentamente, revuelve tu mundo, saca lo mejor de ti, se roba tus pensamientos en tan solo segundos.

Él llegó, inyectó adrenalina a mi cuerpo, me llevó a los límites, me hizo reencontrar con ese alter ego que nadie más conoció, me invitó a caminar sobre fuego caliente y sin miedo, me enseñó a pasar por ese camino de lava una y otra vez sin siquiera quemarme.

Se robó algo de mi, se llevó todo lo que le entregué sin remordimiento alguno. Él vino, dejó una huella y se volvió parte de mi historia.

Él y nuestros demonios

Aquel día no pude ocultar lo que mis ojos querían ver. Había algo dentro de mi que obligaba a dirigir mi mirada al lugar donde él se encontraba. Si bien, ese hombre hacía parte de una multitud hasta ahora desconocida para mi, había algo genuino que creí jamás haber visto antes. En ese preciso instante, como si se hubiese tratado de telepatía, nuestros ojos se encontraron; para mi suerte, él era mucho más valiente que yo y empezó a caminar con dirección a mí.

Pronto empecé a sentir sus manos que rodeaban mi cintura. Su sonrisa: eso fue lo primero que pude notar. Sus ojos que se hacían pequeños cada vez que me miraba: de esas irresistibles miradas que sonríen, y una energía absolutamente fascinante que hacía parecer que el tiempo no pasaba durante esa noche que pude conocerlo un poco más.

Mi ingenuidad, en ese momento, ignoraba cómo su alma atraparía la mía en un segundo, cómo haría para envolverme hasta el punto de sentirlo como una adicción. Y es que sin darme cuenta, empezó a manejarme a su antojo ante la mirada atónita de muchos otros que veían mi torpeza, mi sumisión, la debilidad que me inyectaba en cada encuentro repentino a media noche.

Y es que podría pasar noches enteras tratando de descifrar cuál era ese lazo invisible que me ataba a él. Y pasé esas noches, incluso esas y muchas más madrugadas escribiendo para ese hombre, textos que nunca serían entregados pero que con suerte y en medio de tantas letras, me ayudaron a entender que era él, el hombre que me había enseñado a cómo sentirme más viva. Él, sin quizá saberlo, había encontrado la llave de ese lugar donde mi alter ego habitaba, ese «alguien» que nadie más conocía, esa fascinación que le encontraba al peligro, a lo prohibido, a la pasión desenfrenada, al éxtasis emocional. Él había desaparecido por completo mis miedos y había dado rienda suelta a mis más bajas pasiones. Su cuerpo había sido el instrumento perfecto para llevarme rumbo al abismo al que siempre queríamos saltar juntos y mi cuerpo fue para él, la balsa que usaba para recorrer esas aguas profundas que conocía a la perfección.

Desde ese mismo momento, mi vida nunca volvió a ser igual. Juntos descubrimos que estábamos hechos de lo mismo y que ni la distancia ni el tiempo, harían que eso cambiara.

Después de la lluvia

Aquel día bastó con un soplo del viento, una mirada curiosa, un beso inocente. Fue suficiente con sentir que respiraba su mismo aire y experimentar el calor de su cuerpo que estaba tan cerca del mío, como jamás otro lo había estado. Sus ojos penetrantes me pedían un poco más, mi boca quizá también así lo exigía y la adrenalina recorrió mi cuerpo en segundos con tal solo imaginar lo que pasaría si yo accedía a lo que yo pensaba, era su capricho de turno. Tal vez no estaba del todo convencida que ese joven con deseos de hombre, querría conquistar cada rincón de mi alma por completo. Aún así, con una pasión desenfrenada que jamás había experimentado dentro de mi, decidí lanzarme a ese abismo al que solo se arrojan las más valientes. No podía negarlo: me moría por besarlo. Sus intenciones se dejaban ver con un sutil contacto entre sus entre sus labios y sus sonrojadas mejillas. Lentamente se fue acercando a las comisuras de mi boca y supe en ese preciso instante que allí mismo hubiese podido morir; tal paraíso jamás se compararía con el más bello amanecer, con el más puro rocío o con las profundidades de un inmenso mar. Estaba allí, lista para ser víctima de su juego, del antojo de su dulce gusto, de sus desconocidas pretensiones. Debo confesar que luego de sentir rápidas palpitaciones que me llevaron al éxtasis, ya nada me importaba; solo quería ser tan suya que sintiera como mis manos tocaban su corazón, que recordara tal amor cada vez que el viento tocara sus mejillas.

Carta corta para el amor que se fue

Ellos nunca podrían entender como se siente mi corazón cada vez que estás cerca: nadie ha estado debajo de mi piel.

Nadie entenderá lo que se sintió perderte un día: quizá algunos no han sido tan torpes como yo, para vivir las imperfecciones propias del ser humano.

Nunca podrán juzgar nuestras acciones: tal vez ellos no han sentido la adrenalina que nos invade el cuerpo y la felicidad que eso nos da.

Nadie podrá experimentar así el sin sabor de tu ausencia: solo yo podría haberte amado de esta manera.

Retomando caminos

Y estaba allí, con su cara pálida frente al mundo, como jamás lo había estado. ¿La razón? Nunca había sido esa clase de personas que rompen parámetros, que huye de la cotidianidad, que hace un cambio en su vida. La sociedad había inculcado en ella un orden establecido desde la niñez hasta la adultez, algo inmutable, bastante sencillo y sin riesgo alguno; nada que hasta ahora le implicara volar sola. La multitud estaba condenada a seguir repitiendo las mismas historias, una secuencia de actos con un fin común. Pero, ¿qué pasaría donde todo lo anterior fuera alterado? El peligro era retar a un mundo aburridamente cuerdo, cuestionarse acerca de conocimientos invariables, reír más, arriesgarse, confiar en desconocidos que caminan sobre las mismas piedras, vivir del día a día, alegrarse con lo impredecible, abrir su corazón a personas que vienen y van, apostarle a decir lo que siente, ser diferente. Nunca alguien le dijo que esa sería la manera de encontrar las respuestas a muchas preguntas formuladas a lo largo de su existencia, ni tampoco que encontraría el secreto de la humanidad ha estado buscando, pero aprendió a creer en su propia verdad, en la misma que se lleva en su corazón, en la que toma decisiones, en la que impulsa a seguir aquello que quita el aliento y dibuja sonrisas.

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