Muchas veces la escuché mencionar que siempre eran las mismas horas, los mismos besos de un encuentro casual que la fragilidad de su corazón no anhelaba compartir.
Ella sabía que a su lado no era tan audaz; ese era el lugar de él, en la posición en la que mejor sabía jugar.
Su bipolaridad era como ver la luz fijamente después de haber permanecido en una zona oscura donde no existe la más mínima posibilidad de destellos.
Quizá buscaba lo que seguramente no iba a encontrar…
Cada día era como un juego de ruleta, viendo que opción le tocaría esta vez.