Amarte es quizá una de las cosas más osadas que alguna vez me atreví a hacer. Tú, muy lejos de ser el príncipe azul que describían los cuentos de hadas, que mi mamá me leía cuando era pequeña, llegaste a mi vida a hacerme entender que no necesito ser salvada por alguien más, porque soy lo suficientemente fuerte para hacerlo por mi misma. Y es que jamás llegué a imaginar que un amor como tú me llegara así, de la nada, cuando quizá ya no daba un peso por los sentimientos, cuando sentí que ya había sido suficientemente herida para no enamorarme jamás.
Y es que cuando los demás me preguntan por ti, por nosotros, no se cómo definirlo con exactitud. Eres justamente todo lo que no imaginaba.
Un amor maduro, un amor libre, un amor totalmente diferente al resto. Un amor que no pide, un amor que no exige, un amor que no ata, un amor tan genuino que no necesita aparentar.
Me has enseñado a abrir mis alas, a aceptar que puedo caer, a entender que la perfección no es ni será propia del ser humano, a esperar, a calcular cada uno de los pasos que doy, a ser tan real como pueda serlo.
Y el otoño, cuando las hojas caen de nuevo, verte me recuerda el día que te conocí. Me recuerda también las miles de veces que has regresado a este mismo lugar de maneras increíbles, formas que solo el destino hubiese podido planear.
Luego el invierno me transporta a esos instantes que no estás aquí, a esos días en los que siento que los huesos se congelan ante tu ausencia, a esos meses en los que el deseo de tenerte a mi lado, no como una necesidad sino como una decisión.
Solo despiértame cuando estés aquí, cuando el tiempo haya pasado, cuando pueda abrazarte tan fuerte como para sentir que no te vas a volver a ir, para sentir que te vas a quedar aquí conmigo para siempre como nuestras cabezas locas de amor siempre lo han imaginado.