Su ausencia y el misterio que habitaba en él, era justamente lo que ocasionaba que no dejara de pensarlo. Podía estar horas y horas imaginándolo, cuestionándome qué estaría haciendo en este justo instante, en cuál sería el momento en que nos encontraríamos para que mi ansiedad pudiese aliviarse.
Un plan casi perfecto por lo que me sugería su mirada, sus manos, la forma en la que me besaba.
Y sigue ahí, en mi mente, esa ocasión en que sin poder resistir mucho, sus labios se juntaron con los míos, cómo nuestra respiración se hacía más y más intensa con el calor del momento, cómo sus manos agarraban fuerte mi cabello sugiriéndome la desenfrenaba pasión que invadía su cuerpo.
Ese hombre estaba haciendo que lentamente me enloqueciera, poniendo en mi mente miles de escenarios que tal vez y sin reconocerlo ante nadie más, moría porque sucedieran. Pasaba las noches mirando por la ventana, creando la ilusión que él estaba ahí conmigo, que podía sentir de cerca su respiración pero por arte de magia, la fantasía se disipaba y prefería dormir para sentirlo quizá, aún más de cerca en mis sueños.