Llega un punto en la vida de cada uno de nosotros en el que nada basta para que una sonrisa pueda iluminar tu rostro, para que el frío no penetre hasta tus huesos, para que las decisiones que tomas en tu vida no te desilusionen más de ti mismo. Llega un momento donde también es necesario respirar lejos de esa contaminación que se te adhiere a los pulmones, que te hace lagrimear los ojos; eso mismo que ocasiona que tu mirada se pierda en la lejanía del horizonte.
Tantas caídas te han vuelto fuerte, tantas injusticias te han vuelto duro, tantos tropiezos hacen que se lastimen tus rodillas pero que ya no duela como antes. Ya nada sorprende, todo es cotidiano… Hasta el mismo hecho de herir a los demás.
Las palabras dejan de ser arte para convertirse en dagas filosas, las miradas dejan de ser el espejo del alma para comenzar a ser las puertas que se cierran por miedo, ya el corazón no puede más de tantas astillas que ha dejado el paso del tiempo.